La reunion se disolvió, volviéndose sin duda, cada uno tan enterado de lo acontecido, como si nada hubiera pasado.

Los amigos mismos del de Gelves fueron invitados á asistir, porque los oidores comprendian que no podian oponerse, y que pasarian como aprobando la conducta de la Audiencia. Por esto los amigos del marqués se vieron, mas que nadie comprometidos á presentarse.

Don Pedro de Mejía no faltó, el viento no soplaba ya del lado del virey, y era preciso que él comenzara á ver por donde se acomodaba: siempre en política ha habido esta clase de hombres, que están, como ellos mismos dicen, «al sol que nace.»

Por el éxito de aquella reunion podia conocerse, que en muchos meses el de Gelves no podria salir de San Francisco, y si de tantas personas principales iban á España informes, mal debia salir la causa del virey.

La reunión se disolvió y todos comenzaron á retirarse. Mejía con el protesto de despedirse, quiso hacerse notar por el licenciado Vergara.

—Dios guarde á V. E. muchos años.

—Adios, mi señor Don Pedro, ¿os retirais?

—Háse acabado la junta, y solo esperaba despedirme de V. E.

—Muy bien: ¿pero qué nuevos lunares teneis sobre una ceja?

—Son unas gotas de pintura—contestó imprudentemente Mejía.