—¿A dónde?

—No le importa; obedezca.

Luisa siguió sin replicar mas á sus guardianes, no sin volver el rostro tristemente hácia el rincon en que estaba la pobre Sor Blanca; quizá no volveria á verla.

En aquel momento recordó que la pobre no tenia agua, y que por razon de la fiebre que la devoraba debia de tener una sed intensa: olvidó por un instante el pavor que le causaban los carceleros, y se detuvo antes de salir del calabozo.

—¿Qué sucede?—preguntó uno de los hombres.

—Que esta pobre señora no tiene agua y se muere de sed.

—Que se muera, á ella le importa solo: deje de cuidar vidas agenas.

—Pero mirad que está muy enferma.

—Vamos—contestó bruscamente uno de los hombres.

—Agua, agua—murmuró débilmente Blanca.