—Llevad á ese reo á su calabozo—dijo el inquisidor.

Dos carceleros se apoderaron de Don Cesar que habia caido en una profunda meditacion despues del acseso de furor, y sin que él dijera una palabra lo condujeron á su calabozo.

Los carceleros recibieron órden de conducir á Luisa ante el inquisidor.

X.
Salvarse en una tabla.

LUISA quedó casi desmayada junto á la puerta del calabozo. Con el silencio que allí reinaba podia escucharse su débil suspirar, y la respiracion agitada y penosa de Doña Blanca.

Así permanecieron largo tiempo las dos, hasta que el ruido de la llave que entraba en la cerradura hizo volver en sí á Luisa, que se levantó precipitadamente: los carceleros le causaban horror, hubiera preferido morir á sentirse tocada por ellos.

Se abrió la puerta y dos familiares cubiertos con sus capuchas, penetraron en el calabozo.

—La llamada Luisa—dijo uno de ellos.

—Señor—contestó Luisa temblando.

—Síganos.