—Señor, cuanto tengo dicho es la verdad, nada sé; si he declarado cosas que puedan costarme la vida, ¿por qué habia de ocultar eso que no seria por cierto el peor delito de los que yo hubiera cometido?
—¿Insiste en no decir la verdad?
—La verdad he dicho, señor.
—Entonces, á vuestra obstinacion culpad si se os sujeta por este santo Tribunal á cuestion de tormento.
—¡Oh, no señor!—dijo Luisa cayendo de rodillas—no, por Dios, no me atormenteis, no, yo sé lo que es el tormento; ¿pero qué puedo deciros allí, señor, por mas que me hagais pedazos mi cuerpo, si nada mas sé, y lo mas que consiguireis será que os diga una mentira?
—¡Una mentira!—esclamó furioso el inquisidor—ésta muger se burla del Santo Oficio; haber, llevadla á la sala del tormento.
Al sonido de la campanilla, dos carceleros se presentaron y se apoderaron de Luisa.
—¡Perdon! señor, no quise decir lo que vos entendisteis perdon............
Pero sin escuchar sus quejas la arrastraron fuera de la sala de la Audiencia, por la puerta que daba entrada á la sala del tormento.
En el momento en que desapareció Luisa, el inquisidor quedó tan sereno como si nada hubiera pasado, y el escribano con la misma impasibilidad siguió dando cuenta con otra causa.