Descendieron como veinte escalones, y el Bachiller se encontró en una gran bóveda, que á lo que pudo ver con la escasa luz del candil, daba paso á otras varias de la misma especie.
Entonces la bruja se puso delante de él, y le dijo:
—Aquí sí yo os guiaré, porque no conoceis el terreno, seguidme.
IX.
Cómo el negro Teodoro probó que no necesitaba de armas.
EL Oidor era hombre de un valor á toda prueba, no de los que se animan ante el peligro, sino de los que lo buscan y lo desafian. Un peligro le amenazaba aquella noche en la calle, y sentia una necesidad, una especie de vértigo para buscarlo y encontrarlo cuanto antes.
Don Fernando estaba enamorado, y todos los enamorados han sido, y serán siempre, lo mismo. Doña Beatriz sabia que se tramaba su muerte, y Don Fernando se hubiera creido deshonrado si hubiera dejado de salir á la calle esa noche; creeria Doña Beatriz que habia tenido miedo.
Además, tenia urgente necesidad de ver al Arzobispo, de saber la resolucion del virey.
El negocio de la fundacion del convento de Santa Teresa, estaba de tal manera identificado con sus amores, que creía servir á Doña Beatriz ayudando al Arzobispo.
Cerró la noche y D. Fernando se dispuso para salir.
Sin embargo de su valor, creyó necesarias algunas precauciones.