—Sí—dijo Martin, contestándole con el mismo grito.
—Seguidme.
La Sarmiento encendió un candil de cobre, hizo una seña á los sordo-mudos, y se dirigió á la cocina, seguida de Martin.
En uno de los rincones habia una cuba vacía, que apartó la muger con gran facilidad, y debajo una gran losa con un anillo de fierro oculto por un monton de basura.
La Sarmiento tiró del anillo, se levantó la losa, y á la luz del candil, se descubrió la entrada de un subterráneo y los primeros escalones de un caracol de piedra.
—Bajad—dijo la Sarmiento, mostrando la entrada á Martin.
Martin vacilaba.
—Bajad y no tengais miedo—insistió la vieja.
Para que un hombre resista á la palabra «miedo» salida de la boca de una muger, aun cuando esta muger sea una harpía, se necesita que este hombre, esté como se decia en aquellos tiempos: «dejado de la mano de Dios.»
Martin entró sin vacilar al subterráneo, y la Sarmiento le siguió cerrando tras sí la entrada.