Los carceleros trataban á Luisa ya con algunas mas consideraciones, porque el cambio operado en el inquisidor venia tambien á efectuarse en ellos. Luisa consiguió que trajesen agua á Sor Blanca; la pobre jóven estaba menos mala, la fiebre era menos intensa y podia hablar y conocia.
—Señora, dijo Luisa, presentándola el agua, aquí está la agua que hace tanto tiempo deseais.
—Dios os lo premie—contestó Blanca tomando el agua, y despues—señora, ¿qué os han traido nuevamente aquí, ú os han cambiado solo de calabozo?
—No señora, hace poco que me han traido porque voy á salir.
—¡Dichosa sois, quién estuviera en vuestro lugar!
—¿Quién? Vos estareis si os decidis—dijo Luisa herida por una idea repentina—vos.
—¿Cómo?
—Sí, Sor Blanca, vos no podeis conocerme en este momento; pero yo estoy en obligacion de hacer por vos cuanto me sea posible; yo os salvaré, ó lo intentaré al menos: si quereis seguir mi consejo esta noche saldreis.
—Salir, ¡Dios mio! salir: solo el pensarlo me da la vida.
—Pues oídme que me ha ocurrido un medio; pero es preciso que os armeis de resolucion.