Muy avanzada la mañana despertó, cuando entraba á su calabozo el carcelero, trayendo el alimento y el agua que se llevaba allí todos los dias para Blanca.
Luisa se cubrió la cabeza mientras estuvo el hombre allí, para que no advirtiese nada; cuando salió y volvió á cerrar, Luisa se levantó y comió con apetito.
Desde la víspera sentia ella tan variado su corazon, tan diversos sus sentimientos, que se creía feliz en medio de todas sus desgracias; hasta entonces no comprendió ni lo que se sufre con un remordimiento, ni lo que se goza con una buena accion.
Segun sus cálculos, si Blanca no era descubierta, el carcelero no debia volver al calabozo hasta el dia siguiente por la mañana, y en este intermedio Blanca podria salvarse, y Luisa á la hora en que el inquisidor saliese del error, diria sencillamente que los familiares habian sacado á Blanca y dejádola á ella en el calabozo, en lo cual no tenia culpa.
Pensando en esto, y saboreando por decirlo así, el orgullo de su accion, Luisa permaneció todo el dia, hasta que en la tarde, y contra todo lo que ella esperaba, escuchó el rumor de los cerrojos y de las llaves del calabozo.
Temerosa de que todo se hubiera descubierto, se acostó violentamente y se cubrió la cabeza.
Penetraron en el calabozo, un escribano y tres ó cuatro familiares, y el escribano dirijió la palabra á Luisa llamándola «Sor Blanca.»
Luisa comprendió que aun seguia el engaño, se obstinó en cubrirse la cabeza, y contestó débilmente:
—Mande su señoría.
—¿Me escucha?—dijo el escribano.