—¿No me dijisteis—dijo el escribano, que aquí estaba Sor Blanca y ésta era?
El carcelero vaciló, su pérdida total era aquello, y pensó que un rasgo de audacia podia salvarle.
—Sí señor—contestó—he dicho que aquí está Sor Blanca y aquí la teneis presente.
—Pero ella niega que lo es, ¿no lo habeis oido?
—Señor si venis á creer lo que os digan todos los reos, encontrareis en estas cárceles puros inocentes.
—Pero sin embargo, esta muger sostiene que no es ella la acusada.
—Y yo sostengo que es ella y tengo fé en virtud de mi oficio, y vos no teneis sino notificar la sentencia; ahora si otra cosa haceis esto sera bajo vuestra responsabilidad, que yo daré parte.
—Teneis razon.
—No señor, por Dios, que no tiene—dijo Luisa, levantándose, miradme yo no soy Sor Blanca, yo soy Luisa la esposa de Don Melchor Perez de Varais.
—El carcelero tiene razon, y estais notificada, preparaos á sufrir vuestra pena.