—Está seguro—dijo uno de ellos al otro: está en el Arzobispado.
—Tan seguro, que yo le ví entrar desde la pared de enfrente adonde me dijiste que me quedara de vigía.
—Sí debe ser, porque quien nos manda me dijo que debia venir esta noche á ver al Arzobispo, y que por aquí debia pasar al retirarse.
—Seguro es el golpe.
—Ahora esperad, y silencio.
Y todos callaron: Teodoro no habia perdido una palabra.
Mucho tiempo trascurrió así, y Teodoro observaba de cuando en cuando una cabeza que se alzaba muy cerca de él para mirar la calle que venia del Arzobispado: la luna estaba ya en la mitad del cielo.
Por fin sonó una puerta y se percibió un bulto negro que, saliendo del palacio del Arzobispo, se dirigia al lugar de la emboscada.
—¿Es él?—dijo uno de los hombres.
—Debe ser—contestó otro;—pero es necesario estar muy seguros, y sobre todo no precipitarnos, porque anda siempre bien armado, y es diestro.