—Pero solo.
—No le hace.
El bulto se acercaba mas y mas.
—Él es, dijo uno.
—Listos!—contestó el otro.—Y los tres sacaron de la vaina sus puñales sin levantarse.
El bulto se percibia ya claramente; era el Oidor y pasaba por delante de los hombres ocultos.
Entonces sin hacer ruido, y como si hubieran sido unas sombras todos, se alzaron; pero no advirtieron que no eran ya tres sino cuatro.
—¡A él!—gritó uno precipitándose; sobre el Oidor; pero antes que hubiera podido acercársele recibió en la cabeza un golpe terrible, que le hizo caer á tierra sin sentido. Don Fernando tiró de la espada y se puso en guardia; pero la precaucion era inútil: al mirar su actitud, el auxilio inesperado que le llegaba y la caida de uno de ellos, los asesinos echaron á huir.
Ni Don Fernando ni el negro pensaron en seguirles, el Oidor quedó con su espada en la mano, y el negro con su habitual indiferencia, cruzados los brazos, contemplándole y teniendo en medio de ellos el cuerpo de aquel hombre, que no se sabia si estaba muerto, ó privado.
—¿Quién sois, y qué quereis?—preguntó Don Fernando al mirar que el negro no se movia.