En este momento se presentó en la puerta el inquisidor mayor, Don Juan Gutierrez Flores.

—¿Habeis concluido?—preguntó.

—Todo ha pasado—contestó el escribano.

—Dios la haya perdonado—agregó el inquisidor, haciendo un movimiento para retirarse; pero de repente miró la cara de la muerta que le habian ocultado intencionalmente los hermanos, y lanzando una esclamacion se dirijió á ella.

—¿Qué habeis hecho? ¡Esta no es Doña Blanca!

—Señor—contestó el escribano—es la misma á quien he notificado en esta mañana la sentencia.

—Pero esta muger debia estar libre, ó por lo menos en poder de la justicia ordinaria; esta era Luisa.

—Señor, eso decia ella—dijo el escribano.

—Pero ¿por qué no me avisásteis nada?

—No podia yo mas que asentar la apelacion si interponia el recurso; pero no admitir escepciones, ni dilatorias, ni perentorias..........