El carcelero sacó violentamente de debajo de su hábito una mordaza de esas que tenian la figura de una pera, y cuando Luisa abrió la boca para gritar, se la introdujo tan perfectamente y con tanta rapidez que podria asegurarse que tenia gran práctica en aquella operacion.

Los verdugos nada dijeron, pero la voz de Luisa se apagó repentinamente, y solo por los lados de la mordaza se escapaba una especie de silbido.

Los hermanos de la «cofradía de San Pedro Mártir» seguian en su rezo como si nada estuviera pasando allí.

Luisa estaba completamente asegurada, y solo tenia movimiento en los ojos que volvia suplicantes á todos lados, sin encontrar ni un rostro ni una mirada compasiva; al través de los capuchones se adivinaban rostros feroces, ó sonrisas sarcásticas.

En aquel momento quizá pensó Luisa en la esclava ejecutada en la plaza mayor, y de quien ella se habia reido.

Los verdugos pasaron una cuerda al derredor del cuello de Luisa y por detrás la aseguraron al centro de las aspas.

Uno de los hermanos hizo una seña y todos se arrodillaron; los verdugos con una rapidez extraordinaria, comenzaron á voltear las aspas.

Luisa abrió por un instante los ojos espantosamente, su seno se agitó con extraordinaria violencia, gruesas gotas de sudor se desprendieron del nacimiento de sus cabellos, se estremeció convulsivamente, inclinó la cabeza dejando salir de su boca la lengua larga y amoratada, y luego no se movió mas.

Estaba muerta.

Los verdugos seguian volteando las aspas, y los hermanos rezando, hasta que á una señal del gefe de aquellos hombres todos se pusieron de pié y en silencio.