Un hombre con el mismo saco y capucha de los familiares, pero con los brazos descubiertos, atravesó el círculo que formaban los de las velas, y acompañado de otros dos que lo seguian, se dirijió al ángulo en que se habia refugiado Luisa y se apoderó de ella.
Hasta aquel momento Luisa no se habia atrevido ni á pronunciar una palabra, le parecia que soñaba; aquellos hombres entraron y se colocaron sin fijarse al parecer en ella, como si ella fuera estraña á lo que iba á pasar allí.
Cuando Luisa se sintió asir por aquellos tres hombres, lanzó un grito y quiso desprenderse de ellos, pero fué imposible; quiso resistirse, pero en vano.
—¿Qué se va á hacer conmigo? tengo miedo señores, por Dios, ¿qué me van á hacer?—decia procurando resistir.
Nadie le contestaba, y los tres hombres la arrastraban con extraordinaria facilidad hasta el fatal sillon.
—Pero por nuestro Señor Jesucristo, ¿qué pretendeis? ¿Es acaso para darme tormento? ¿Quereis matarme? Yo lo diré todo, todo, contestadme siquiera señores; á un cristiano no se le niega el habla; ¡por Dios! siquiera que me respondan.
Los de las velas continuaban rezando en voz alta, y en un tono triste y monótono.
Habian sentado á Luisa y comenzaban á atarla fuertemente contra el aparato los piés, los brazos y la cintura, sin que valieran en nada sus esfuerzos.
—¡Ay!—decia Luisa, ¡ay Dios mio, que me matan! ¡Señores que vais á cometer una grande injusticia! Señores, por la salvacion de vuestras almas, yo no soy la muger destinada á muerte, yo no soy Doña Blanca, yo soy Luisa, soy Luisa.....
—Ponle una mordaza—dijo por lo bajo un carcelero á otro, no vaya á ser la desgracia que se aparezca el inquisidor, ó alguno de estos hermanos vaya á creer lo que dice esta loca y vayamos á tener que sentir.