Teodoro se puso á buscar alguna salida, pero no habia por allí ninguna puerta compasiva que se abriera. Casi desesperado levantó la cabeza, y á poca altura vió un balconcillo.
Entonces pensó que aquel era su último recurso, alzó con sus robustos brazos á Sérvia que se asió del balcon y pasó dentro del barandal, luego saltó él mismo, y asegurándose de la reja pasó tambien á colocarse al lado de su muger.
Ya era tiempo porque la claridad de los faroles de la ronda comenzaba a invadir el lugar en que ellos estaban.
Sin embargo, el balconcillo estaba muy bajo y podian verles, y entonces si no habia otro remedio, Teodoro y su muger se finjirian vecinos que salian atraidos por la curiosidad; pero Teodoro quiso probar antes si las puertas del balcon estaban cerradas, las impulsó suavemente, y contra todo lo que él se figuraba, las puertas, cediendo al impulso, se abrieron suavemente sin producir ninguna clase de ruido. En estos momentos se encontraban las dos rondas al pié del balcon.
La estancia en que penetraron Teodoro y Sérvia estaba alumbrada: cerca de una gran mesa cargada de libros, de frascos y de retortas, un anciano leía á la luz de un mechero de aceite.
El anciano al sentir que se abria el balcon volvió hácia allí el rostro, alzando su mano para cubrirse el resplandor del mechero que le deslumbraba.
Teodoro se quedó parado, y Sérvia se arrodilló poniendo un dedo sobre sus labios y como implorando silencio y socorro.
Ni una palabra dijo el anciano, y luego despues de haber reflexionado un poco hizo una seña para que se acercasen.
Teodoro y Sérvia obedecieron, y llegaron hasta cerca de la mesa.
El anciano los seguia examinando en silencio y con grandísima atencion; su rostro se iba animando poco á poco hasta que al fin, como dudando, esclamó: