—¡Teodoro!

Teodoro no contestó, y miró de hito en hito al anciano.

—¡Teodoro!—repitió el anciano—¿eres tú?

—Sí, señor. ¿Pero vos quién sois, que así me conoceis?

—¿No te acuerdas de mí, hijo mio?

—No señor—dijo Teodoro vacilando.

—Don José, yo soy Don José de Abalabide, hijo mio......

Apenas pudo concluir el anciano, porque Teodoro se habia arrojado á su cuello, y lloraba, como lloraba tambien el viejo.

—Teodoro, decia Don José—no me conocias, hijo mío, ingrato; tú el único que no me olvidó en mi desgracia.........

—Sérvia, Sérvia—decia Teodoro conmovido: mira, mira, éste es nuestro padre de quien tanto te hablaba.—Señor, es mi muger, la madre de mis hijos......... Abraza á Don José, Sérvia, abrázale: señor, permitidle que os abrace; es negrita, pero muy buena y os ha querido siempre.