—Y Don José abrazaba á la negrita que, mirando á los dos tan emocionados, lloraba tambien.
—Vamos, vamos, calmaos—decia Don José—que ya es mucho y pueden dañarme tantas emociones: siéntate Teodoro, siéntate hija. ¿Qué andais haciendo así, entrando por los balcones? Supongo que tú Teodoro no te habrás vuelto un perdido, hijo mio.
—Ah, no señor—respondió Teodoro—soy rico porque recojí todos vuestros bienes ocultos, y en lugar de disminuir han aumentado: sí, señor, Dios nos bendijo, y puedo entregaros buenas cuentas de todo; están vuestros intereses mejor que antes.........
—Vamos, vamos—dijo Don José pasando su mano por la cabeza de Teodoro como podia haberlo hecho un padre con un hijo.—Vamos, loco, ¿quién habla aquí de intereses, ni qué tienes tú que darme á mí cuenta de dinero que es tuyo? Si ha disminuido, por tí lo siento; y si por el contrario aumentó, como tú me dices, me alegro, y que Dios te haga muy feliz con él; que todo lo mereces, porque eres agradecido y bueno, y tienes el corazon grande y limpio.
Teodoro conmovido besaba la mano del viejo. Sérvia lloraba.
—Vamos, cálmate—continuó Don José—cálmate y cuéntame que andais haciendo, entrando así por los balcones y á estas horas.
—Señor—dijo Teodoro—veniamos huyendo perseguidos por la justicia.
—Por la justicia ¿pero qué habeis hecho vosotros?
—¿Qué? á vos nada puedo ocultaros, mi esposa señor se ha fugado esta noche de las cárceles de la inquisicion.
—¡Fugado de la inquisicion! ¡pero eso es maravilloso! ¿cómo?