—Sí señor.
—Allí estará segura.
—Pues no hay que perder el tiempo. Me voy, adios, encomendadme á Dios; en todo caso, señor, os dejo á mi pobre muger.
—Confia en mí—contestó Don José.
Teodoro besó la mano del viejo y se dirijió al balcon, abrió las puertas, y saltó lijero á la calle.
Don Cárlos se asomó y permaneció allí hasta que se perdió el eco de las pisadas de Teodoro.
XVI.
De como Teodoro no “reparaba en pelillos” como decia el refran.
LA mañana comenzaba ya á blanquear el horizonte; comenzaba ya á sentirse ese ruido que constituye, por decirlo así, la vida de una ciudad. Las campanas de los templos llamaban á la primera misa, y los muy devotos y los hombres trabajadores se levantaban á toda prisa y se lanzaban á la calle como las avejas atraidas por el sonido de las campanas.
Cerca de la puerta de la casa Municipal, Teodoro se paseaba impaciente; pronto iba á ser ya de dia y no habia aparecido la silla de manos en que debian conducir á Doña Blanca á la inquisicion.
Teodoro estaba desesperado, si tardaba mas Doña Blanca ya no era posible llevar á efecto el plan que habia meditado.