—No es posible, contestó, no puedo andar; el tormento me ha dejado baldada.

Teodoro comprendió todo y no contestó, sino que inclinándose tomó á Blanca entre sus brazos como hubiera podido hacerlo con un niño, y atropellando á los curiosos que se habian reunido allí tomó el rumbo de la Alameda, por la calle que se llamaba ya de Tlacopan, ó Tacuba.

Los alguaciles habian vuelto en sí de su sorpresa, y comenzaban á apellidar socorro, sin atreverse á ir ellos en persecucion de los fugitivos.

Teodoro aunque sin correr apresuraba el paso, y llegó sin ser perseguido hasta atravesar la Alameda. Ganando el campo se creia seguro.

Estaba ya fuera de la ciudad, cuando observó que venian á lo lejos algunos jinetes.

—Nos siguen—dijo Doña Blanca.

—Pero no nos alcanzarán—contestó Teodoro y abandonando el camino real, tomó entre unos sembrados de maiz, que por desgracia no tenian bastante altura para cubrirle.

Los jinetes comenzaron á galopar, por que advirtieron la marcha que habia seguido Teodoro.

—¡Por Dios, Teodoro! que están ya muy cerca.

—No temais, Doña Blanca, yo os salvaré.