Los perseguidores no encontraron paso para entrar á los sembrados y fueron á dar vuelta: Teodoro comenzó á correr.

—Déjame, déjame—decia Doña Blanca—sálvate tú y no te comprometas más; déjame seguir mi desgraciada suerte.

Teodoro no contestaba y seguia corriendo.

Los jinetes habian encontrado ya el paso, y aunque caminaban con dificultad entre los surcos, avanzaban, sin embargo, con una rapidez desesperante para Teodoro y para Blanca.

Llegaron á una de esas grandes cercas de piedra que cierran en México las heredades, y Teodoro bendijo á Dios porque aquel obstáculo, dificil de salvar por sus perseguidores, era poca cosa para el que iba á pié; pasó primero á Doña Blanca y luego pasó él, volvió á tomarla entre sus brazos y siguió corriendo.

Sucedió lo que él habia pensado: los que venian á caballo necesitaron buscar un portillo para salvar la cerca y él ganó entre tanto mucho terreno. Pero los caballos salvaron muy pronto aquella distancia y se veian ya muy cerca.

Blanca rogaba á Teodoro que la abandonase, pero era imposible que él hiciese semejante cosa.

Teodoro comenzaba ya á fatigarse, su respiracion era muy agitada, su frente estaba cubierta de sudor, y su marcha era cada vez mas lenta.

Comenzaba á desesperar; oia ya el rumor lejano de los pasos de los caballos de sus perseguidores.

De repente Teodoro se animó: á lo lejos vió un hombre que venia en un caballo; encontrarle pronto era salvarse; avivó el paso y muy pronto estuvo al lado del viajero.