—Por el contrario, la mas estúpida que podais encontrar, con tal de que sea jóven y tenga una estatura semejante á la de Luisa, porque diremos á Don Melchor, que su situacion hizo perder el juicio á la pobre muchacha, y de esa manera, cualquier cosa que oiga, lo atribuirá á locura. Con esto no quedará por tierra el honor de la Santa Inquisicion y nadie podrá descubrir lo que ha pasado en este negocio.
—Me parece un buen plan.
—Si se le presentára un cadáver, Don Melchor seria muy capaz de querer hacerle honras tan suntuosas que llamarian la atencion, y darian orígen al escándalo que tratamos de evitar.
—En efecto.
—Bien, pero es necesario que disponga V. E. las cosas, de manera de detener siquiera el dia de mañana á Don Melchor.
—Eso corre de mi cuenta.
—¿Y cómo?
—Mañana enviaré al camino que debe traer algunos enmascarados que le detengan, y le lleven prisionero por unos dias á una quinta de los alrededores, y luego le soltarán.
—Pero pudieran acontecer muchas desgracias, si él se resiste.
—No se resistirá, que enviare tal cantidad de gente que conocerá que toda resistencia es inútil.