Don Melchor caminaba por delante, y paso á paso para que pudiera seguirle el carro y habian avanzado ya algo, cuando de repente de una arboleda se desprendieron una porcion de enmascarados que estaban ocultos allí y rodearon á Don Melchor y á los que le acompañaban.

Ninguno pensó en defenderse, y los enmascarados comenzaron á hacer bajar á todos de los caballos.

XVIII.
En que se cuenta lo que pasó á Don Melchor y á Blanca.

LOS enmascarados que rodearon á Don Melchor terminaron tranquilamente su tarea, ataron los caballos de los que custodiaban á Doña Blanca, y de los criados de Perez, y luego á este le acomodaron tambien con Blanca y echaron á caminar llevándose el carro con tanta confianza como si no dejaran amarrados á los agentes de la justicia.

Anduvieron así hasta muy cerca de anochecer, sin que Perez hubiera comprendido cuales eran sus intenciones, y á cosa de la oracion llegaron á una hacienda y entraron al patio de la casa.

Allí fué donde aquellos hombres apercibieron que habia otra persona mas en el interior del carro.

Blanca durante el viaje, ni habia hablado una palabra, ni se habia descubierto el rostro; acostada y casi sin moverse habia pasado todo el camino, quejándose solo algunas veces porque el movimiento la hacia pasar terribles dolores. La fiebre habia vuelto á apoderarse de ella, y la agitacion de su espíritu y los acontecimientos por los que habia tenido que pasar, eran superiores ya á sus fuerzas.

—Aquí hay una muger—dijo un enmascarado, luego que hicieron bajar á Don Melchor y le obligaron á entrar en una habitacion.

—Será alguna criada ó esclava del corregidor, contestó otro.

—Haber, háblale—dijo un tercero.