—Adelante.

—Pues en la persecucion se empleo gran parte de la mañana, y hasta el dia siguiente, es decir hasta ayer no volvian los alguaciles con la presa á quien traian en un carro, por estar muy enferma.

—Adelante, adelante—dijo el licenciado comenzando á entreveer algo de lo que habia pasado.

—En el camino encontraron al Señor Don Melchor Perez de Varais que venia para la ciudad, y que se acompañó con ellos.—Repentinamente, todos se encontraron rodeados por una cuadrilla de forajidos, compañeros sin duda del negro que robó á la presa, y los alguaciles tuvieron que sucumbir despues de una desesperada resistencia.

—Supongo—dijo el licenciado con una sonrisa maliciosa, que vendrian muchos heridos, y que habria algunos muertos.

—Dios no lo ha permitido señor, y aunque es cierto que los salteadores se llevaron á la presa y al Señor Don Melchor, pero no tenemos que lamentar desgracia alguna.

—Es un milagro; pero hágame su señoría el favor de que se advierta á esos alguaciles que no han cumplido con su deber, y que si hablan ellos del negocio y se divulga por culpa suya con mengua del crédito de la justicia, á quién pone en ridículo este lance, los mando ahorcar á todos ¿lo entiende su señoría?

—Sí Señor Excelentísimo.

—Bueno, y no tomeis ya medidas de ninguna clase, ni os mezcleis para nada en este asunto, que tomo yo esclusivamente por mi cuenta, para enseñaros cómo se manejan estas cosas de la justicia; id señor alcalde.

El alcalde hizo una reverencia y salió.