Las bóvedas eran un confuso depósito de objetos raros y horribles, esqueletos, cráneos, animales vivos ó disecados, cajas y vasijas de figuras estrañas, armas, vestidos, libros, papeles, bolsas y sacos de todos tamaños, hornillos y braceros, yerbas, flores, ramas y troncos de árboles, pero así, como perdiéndose, ocultándose entre sombras sin contornos, sin precision, como desvaneciéndose unos objetos en los otros.

Martin era hombre de talento, y procuró no mostrarse admirado de nada.

—Valiente coleccion de porquerías guardais aquí—dijo á la Sarmiento.

La vieja volvió el rostro para verle, entre admirada y colérica.

—¡Qué entendeis vos de todo esto!—contestó—sentaos.

El Bachiller se sentó en un sillon de baqueta negra sin bra zos, y que tenia un respaldo alto, que casi terminaba en punta.

—Hablemos—dijo la Sarmiento.

—Ante todo, permitidme que os diga que con perdon del Santo Oficio, tanto creo en las brujas, como creer en el Purgatorio, y así podeis escusaros de intentar conmigo hechizos, que será perder vuestro tiempo.

—Mas convencido quedareis al salir de aquí, de vuestra ignorancia, que yo lo estoy de que teneis que acabar vuestra vida en las cárceles secretas del Santo Tribunal.

—No me digais eso ni de chanza, que de la Inquisicion tengo tanta fé de que existe como de Dios.