—Pues sácame de aquí; sácame pronto.
—¿No quereis saber nada mas? Esta noche estoy de buenas.
—Nada quiero saber, sácame de aquí.
—Sea como quereis; pero esperad.
La Sarmiento volvió á encender la luz que le habia servido para bajar al subterráneo, apagó el fuego del hornillo y colocó todo en su lugar.
—Vamos—dijo impaciente Martin.
—Vamos: pero antes juradme que ni en el Santo Oficio, puesto en cuestion de tormento revelareis la existencia de este lugar, ni vuestras relaciones conmigo.
—Lo juro á Dios.
—No, no es á Dios á quien debeis jurarlo.
—¿Pues á quién?