—Me alarmais, en verdad.
—Creo que no hay gran peligro, sino el de no complacer á la dama de vuestro pensamiento.
—¿Qué hay, pues?
—Que en esta noche, y como á bocas de las oraciones, recibí una esquela de mi señora Doña Beatriz, que es fuerza lea vuestra señoría.
—Dádmela.
—Aquí está—dijo el Bachiller, entregando al Oidor un billete pequeño, y cuidadosamente doblado y perfumado.
—Por el aroma le conociera, aunque no viese las letras—dijo el Oidor besándole:—¿pero á donde podré imponerme?
—En el cuarto de la beata que tiene luz, y que está abierto cerca del zaguan.
Los dos se dirigieron á la puerta de la calle.
Al ruido de sus pasos, de una pequeña puerta salió la beata con su candil en la mano.