—Tendreis á bien, le dijo el Oidor, prestarme vuestro candil y permitirme que pase yo solo un momento á vuestro cuarto á leer una carta.

—Con mucho gusto—contestó la beata, entregándole el candil.

La beata y el Bachiller quedaron á la puerta, y el Oidor entró al cuarto.

Encima de una mesa, que tenia por todo adorno un Cristo y una calavera, colocó el Oidor el candil y se quitó el sombrero respetuosamente.

Desdobló la carta y leyó.

«Al Bachiller D. Martin de Villavicencio y Salazar.»

«Avisad á Quesada que es indispensable que me vea esta madrugada á las dos. Dios os guarde.—Beatriz.»

El Oidor besó la esquela, la dobló cuidadosamente, y metiéndola en la bolsa de sus gregüescos, tomó el candil y el sombrero y salió.

La beata recibió el candil y se dirigió á abrir.

—Mil gracias,—dijo el Oidor saliendo seguido del Bachiller.