—A Dios sean dadas—contestó la beata cerrando.
—¿Qué me dice su señoría?
—Nada, sino que es preciso que me vaya yo sin perder tiempo á ver á Beatriz.
—¿Quiere su señoría que le acompañe?
El Oidor se volvió como diciendo: ¿de qué podrá servirme éste?—El Bachiller lo comprendió.
—Mire su señoría—dijo—aunque parezco gente de iglesia, y por tal me ha conocido siempre, no lo soy, que aunque Bachiller no tengo mas órdenes que la de prima tonsura, que casi, casi solo el barbero nos la confiere y no imprime carácter; conozco el manejo de las armas como un soldado, y puede vuestra señoría ocuparme sin el menor escrúpulo, que no será este negocio en el que tenga que ver el Santo Oficio.
—Pero si yo os llevara en mi compañía tendríais que ir mano sobre mano, porque no os veo llevar arma de ninguna especie.
—Descuide su señoría, que no me faltará, sobre todo, si como supongo vamos á la casa de mi señora Doña Beatriz en la calle de la Celada.
—Así es en efecto.
—Pues iremos, porque yo hasta las cuatro no tengo que venir para acompañar al señor Arzobispo.