—Estos pobres se creen poderosos cuando tienen cien reales—dijo Martin.
Teodoro se sonrió con desdén, y Don Fernando lo advirtió.
—¿Cuánto será tu capital, Teodoro?—preguntó.
—Cien veces lo que contiene esa bolsa—contestó tranquilamente.
—¿Sabes lo que dices? esta bolsa contiene mas de mil escudos de oro.
—Así me lo pensaba.
—¡Cien veces mil escudos!—dijo el Bachiller mas asombrado á cada respuesta de Teodoro—¡Cien mil escudos! ¿entonces por qué eres esclavo? ¿por qué no compras á Doña Beatriz tu libertad?
—Ya dije á su señoría que por ningún caudal dejaria de ser el esclavo de mi señora Doña Beatriz, le debo la vida y la felicidad.
Martin abria los ojos como dos patenas, y la boca como una puerta cochera; aquello estaba para él fuera de lo natural, era casi un prodigio.
—A fé mia—dijo Don Fernando, que aquí se encierra un misterio profundo; ¿sabe tu ama, Teodoro, que eres tan rico?