Largo tiempo hacía que intentaban el infante don Juan y el poderoso conde de Lara separar al joven e inexperto monarca de la tutela de su madre, señora tan prudente como desgraciada, para de ese modo tener ellos más mano en el gobierno de Castilla y León.
No creía doña María Alfonsa de Molina, a pesar de su despejado talento y natural penetración, que aquellos hombres llevasen su maldad hasta el extremo de querer arrebatarle al hijo que amaba con frenesí, y al cual hasta entonces había salvado de las asechanzas de sus encarnizados enemigos, a costa de innumerables padecimientos y de onerosos sacrificios, y conservándole la corona de su padre una y muchas veces amenazada. Pero bien pronto hubo de convencerse, en vista de que la ausencia de cuatro días se prolongaba demasiado, de que el designio de sus malos parientes era desviar al joven monarca de sus maternales caricias y de sus saludables y prudentes consejos.
Al mismo tiempo estos procuraban captarse la voluntad del rey y malquistarlo con su madre, propósito poco digno, en verdad, pero que les costó muy poco trabajo conseguir, por ser el rey demasiado niño y de suyo inconstante y voltario, aunque de bondadoso carácter. Hallábase este tan distraído con la persecución de la corza y el jabalí, que jamás se hubiese acordado de que existía para su bien una persona tan buena y entendida como doña María la Grande.
Los tibios rayos del sol poniente doraban apenas las altas y desnudas copas de los árboles, deslizando trémulos y fugitivos destellos sobre la menuda yerba. Acababa uno de esos días más brillantes y menos fríos del mes de enero. Como a cosa de una legua de Castrojeriz, una compañía de cazadores, lujosamente engalanados, turbaban con el ruido del cuerno y trompeta de caza la tranquilidad que naturaleza concede a los montes y a las selvas. Acababa de practicarse el último ojeo, y puestos los monteros en acecho, esperaban a que asomase la presa para precipitarse sobre ella con el venablo aguzado y tenderla en tierra del primer golpe. Varias magníficas tiendas, con las armas de Castilla y León colocadas en la parte exterior de los tapices abiertos para penetrar en ellas, indicaban que aquel placer había durado algunos días. En una de las tiendas de peor apariencia daban vueltas dos hombres a un asador que contenía una pieza no muy grande, y cuyo lomo se iba poniendo del mismo color que entonces tenían los rayos del sol; otros aderezaban varios platos y atizaban al mismo tiempo la brasa con prisa. Dos hombres, los dos jóvenes y bien vestidos, observaban a los encargados de confeccionar las viandas que había de comer, tal vez dentro de un minuto, la regia partida. El que parecía más joven dijo a su compañero:
—¿Puedo saber, maguer sea descortesía preguntarlo, cómo no se encuentra al señor Peranzúlez en la partida de su alteza, con su amo el muy noble y egregio señor don Juan Núñez de Lara?
—Me encontraba algo indispuesto —contestó el interpelado—, y mi ilustre señor permitió me quedara aquí. Pero lo que a mí me llena de extrañeza y curiosidad es saber cómo es que habéis abandonado a vuestro augusto amo.
—De buen grado os diré, señor escudero del conde de Lara, que su alteza me ha enviado aquí para que mande activar lo que haya de yantar, pues nos vamos de este lugar tan luego como el rey y su comitiva reparen en algún tanto sus fuerzas.
—¡Cómo! —repuso el escudero del conde lleno de sorpresa—; pues ¿no dijo hoy su alteza que se prolongase un día más la partida?
—¿Y no sabéis, señor mío, que don Fernando se casa con su prima doña Constanza, hija de los reyes de Portugal?
—Lo sé, Hernando; pero también sé a punto fijo que ese enlace no se celebrará hasta dentro de unos días.