Doña Beatriz y Piedad
—¿Simeona habéis dicho? —exclamó doña Beatriz interrumpiendo a Piedad, y más pálida que un cadáver.
—Sin duda; ese es el nombre de mi abuela.
—¡Cielos! A mí me asiste, tal vez por orden del conde, una mujer que lleva ese nombre y cuyo asqueroso aspecto me causa un horror indecible.
—¿Es cargada de espaldas?
—Sí.
—¿Baja de cuerpo y...?
—¡Oh, la misma, buena Piedad, la misma! —exclamó la de Robledo asiéndose a la gitana.
—Serenaos, señora, que ya os veréis libre de esa mujer y de todo cuanto os rodea.