—¡Ah, cuán buena sois! ¡Y cuánto siento haberos ofendido! ¿Pero no es cierto que me perdonáis?
—Callad, querida mía, callad, por Cristo.
—¿No me ofrecisteis —repuso la de Robledo variando de conversación— contarme vuestra historia?
—Cierto; pero vuestros castos oídos no deben de escuchar varios sucesos, siendo estos precisamente los que constituyen la mayor parte de mis desgracias. Y, sobre todo, ¿qué adelantáis con saber la vida de una vagabunda, de una...?
—¿No me habéis escuchado a mí? —dijo Beatriz como ofendida.
—Sin embargo, señora, vuestra historia, o mejor dicho, la historia de vuestras desventuras, interesa, lastima el corazón más insensible: la mía, por el contrario...
—Dad principio, Piedad, y nada omitáis, nada absolutamente. Contad desde vuestro nacimiento hasta el día.
—Puesto que lo exigís, os daré gusto.
Y la gitana, sentándose en una banquetita donde descansaban los pies de doña Beatriz, comenzó a hablar de esta manera:
—Nada puedo deciros de mis padres, querida doña Beatriz, porque no los he conocido, ni menos sé a quién debo esta vida tan amarga y desgraciada. Una mujer de aspecto repugnante, que se decía mi abuela y a quien tendréis ocasión de odiar más de una vez sin conocerla, fue la que me recogió cuando quedé huérfana y con la que viví hasta la edad de quince a dieciséis años en que me separé de ella por los motivos que más adelante sabréis. Yo soy natural de Sevilla, según me ha dicho esa mujer, donde permanecimos hasta que tuve quince años, y en esta época empezamos nuestras excursiones por Castilla, llevando la vida aventurera y azarosa de los gitanos. Cuando apenas tenía uso de razón, me hacía salir mi abuela (con otros dos chicos, que ignoro quiénes eran) cantando una tonadilla que ella misma nos había enseñado, o bailando y haciendo contorsiones y piruetas que mis entonces débiles miembros se resistían a ejecutar con destreza. ¡Cuántos golpes descargaba sobre mí la cruel Simeona porque no aprendía tan pronto como ella deseaba! ¡Cuántas veces me enviaba a trabajar sin darme ningún alimento, por haber estado algo torpe en la lección que poco antes me señalara!