CAPÍTULO XI.

De como la desconocida cuenta a doña Beatriz su peregrina y aventurera historia.

Cesó el síncope de doña Beatriz, cesó el horror que la desconocida, que no era otra que Piedad, había infundido a la amante de Carvajal y cesó por último todo concepto desfavorable a la gitana, merced a los cuidados y esfuerzos de esta para volver a la vida a su rival, y por destruir la poco ventajosa impresión que sus palabras habían producido en el débil y enfermo cerebro de la dama de doña María Alfonsa.

En efecto, Piedad había conseguido con sus dulces expresiones, con su tierna solicitud y el afectuoso cariño mezclado de conmiseración que en su excelente alma abrigaba por la víctima de su amante, había conseguido, decimos, apartar de la imaginación de esta todo recelo, e inspirarle a su vez una ilimitada confianza. Así es que Beatriz, sin reserva alguna y sin omitir la menor circunstancia a su nueva amiga, hízola una fiel historia de todos sus infortunios, desde el punto en que fue arrebatada de la antecámara real y sepultada en el oscuro recinto donde la estamos contemplando. Más de una lágrima vertió Piedad al escuchar la narración de las desventuras que aquejaban a la infeliz amante de Carvajal, más de una vez la interrumpió conmovida, diciéndole entre sollozos:

—¡Oh, tendrán muy pronto fin vuestras desgracias, os lo prometo!

Así que concluyó de hablar doña Beatriz le dijo Piedad, cogiéndole ambas manos con cariño:

—Nada temáis ya, señora, que yo os libraré de ese hombre; y velaré sin descanso por vuestra seguridad en tanto que permanezcáis en este encierro.