—No lo dudéis, doña Beatriz, no lo dudéis...

—¿Quién sois, señora? —repuso esta acercándose sin temor a la desconocida.

Quitose la encubierta el antifaz que cubría su rostro, y dijo a la de Robledo:

—¿Me conocéis?

—¡Oh, no os conozco! Pero si sois tan buena de corazón como hermosa, deberé tomaros por un ángel, señora.

—Me confunden vuestras palabras, doña Beatriz. Si supierais quién soy, pronto os arrepentiríais de haberme hablado. Baste deciros, señora, que esta a quien creéis un ángel ama frenéticamente, conociéndole, ¡al conde de Haro!..., a ese hombre infame y sanguinario.

—¡Cielos, vos amante de don Lope! —exclamó Beatriz separándose de la desconocida con marcado sobresalto—. ¿Y qué queréis aquí, a qué venís? ¿No basta que vuestro amante...?

—Sosegaos señora, sosegaos; que en mí tendréis un guarda.

—¿Un guarda en vos —repuso Beatriz medio desconcertada—, un guarda en la amante del hombre más villano y perverso? ¡Oh, no os acerquéis a mí!, porque yo también, señora, he aprendido a asesinar desde que el conde me tiene aquí... ¿No sabéis que el otro día quise matar a vuestro amante? ¿No sabéis...?

Y la infeliz amante de don Juan, cayó sin sentido al pie de la columna.