—Nada temáis, hija mía —repuso la desconocida—, que yo también como vos padezco.
—¿Como yo?
—Sí; y tal vez sea más desgraciada.
—¿Conocéis mis penas, señora?
—Las conozco, doña Beatriz.
—¿Y decís que sufrís más que yo? ¿Y decís que vuestras desgracias son mayores que las mías?
—Son mayores, señora, porque no tengo un alma que me consuele; son mayores porque no tendrán fin sino con mi muerte.
—¿Y yo? ¿Y las mías?
—¡Oh!, vos contáis con un amante que os idolatra, vos llegaréis a ser muy dichosa, doña Beatriz.
—¡Nunca, señora, nunca!, y si no, tended la vista en vuestro derredor... ¿Quién, decidme, podrá concebir que existe en este lugar, ignorado de todos, una pobre mujer que fue algún día feliz y que hoy gime y suspira, sin hallar término a sus dolores, y sin que sus sentidos ruegos sean parte a ablandar el corazón empedernido de su infame perseguidor? ¡Ah, señora mía, vos no conocéis la magnitud de mis penas! ¡Acercaos a mí y veréis en este rostro las señales evidentes de una muerte lenta! ¡Mirad mis ojos y decidme después si alcanzaré esa dicha que me anunciáis!