—¿Para qué? ¡Para estar mucho mas bella! ¿No os gusta parecer bien, como a todas las mujeres?

Por poner término Beatriz a la enojosa conversación de la vieja, y a fin de que cuanto antes se quitase de su presencia, cogió la copa y la apuró de un solo trago. La abuela de Piedad repuso sonriéndose de satisfacción:

—Veis como al fin... ¿Os ha sentado bien?

—Sí, gracias, señora.

Simeona desapareció al momento.

Al poco tiempo de haberse marchado la asquerosa amiga de Aben-Ahlamar, oyó doña Beatriz ruido de pasos, al mismo tiempo que la doble puerta se abrió para dejar penetrar en el calabozo un bulto negro que quedó parado en el dintel. La de Robledo lanzó un grito de horror y dirigiose con paso trémulo a una de las columnas para que estas le prestasen el apoyo que sus piernas le negaban. El fantasma dio un paso más adelante, dando lugar, sin duda, a que la puerta se cerrase. Próxima ya a la lámpara la visión, tuvo ocasión doña Beatriz (a pesar del pánico terror que la dominaba) de conocer que bajo aquellas hopalandas negras se ocultaba un cuerpo de mujer de académicos contornos. La dama de la madre de Fernando IV se atrevió a preguntar, viendo que se las había con una persona de su sexo:

—¿Quién sois y qué queréis, señora?

La encubierta nada contestó, pero se dirigió con resolución a donde estaba Beatriz, murmurando por lo bajo:

—¡Cielos!, qué hermosa es, no obstante lo mucho que estará sufriendo.

—¿Qué queréis, señora? —volvió a decir Beatriz, llena de susto.