La falta de luz natural en la estancia donde yacía la amante del de Carvajal fue sustituida por una lámpara de plata de forma piramidal que, pendiente de la arqueada bóveda y continuamente encendida, reflejaba sus pálidos destellos sobre los ricos y elegantes muebles que adornaban aquella prisión. El poco ambiente que en aquella parte se sentía, la soledad en que vivía, pues no veía en torno suyo a más personas que a la repugnante cómplice de Aben-Ahlamar, lo triste y aflictivo de su situación y, sobre todo, la última entrevista que tuvo con el conde, y que ya hemos dado a conocer al lector, la redujeron al estado más lastimoso así física como moralmente. Nunca se le oía una queja ni una exclamación delante de Simeona; pero cuando se hallaba sola daba riendas a su dolor, y más después que se hubo convencido de que sus males solo con su existencia tendrían fin. Cualquier ruido, por pequeño que fuese, la atemorizaba, imaginándose que la doble puerta de hierro se abría para dejar paso al conde, que afortunadamente no volvió desde que trató en el acceso de demencia de asesinarle. Miraba de vez en cuando el acero que arrebató a su opresor, y exclamaba, después de examinar su agudísima punta:

—¡Oh!, no será necesario que yo haga uso de él, pues el conde no volverá —reponía la infeliz con esa seguridad que infunde la esperanza, y asomando a sus labios una amarga sonrisa en que se veían retratados todos sus padecimientos—; no vendrá más; me lo dice el corazón, y el corazón no puede engañar nunca. Pero si ha de volver a mortificarme, resignada estoy, Dios mío, a morir, puesto que es tu voluntad; conforme, sí, en abandonar este mundo que no me ofrece sino lágrimas y desventuras. Pero antes que exhale mi último aliento, concededme al menos que vea yo un instante siquiera al objeto amado de mi corazón. Permitidme, señor misericordioso, que de él me despida y que estreche por última vez sus manos, y entonces quedaré contenta y satisfecha.

Esto diciendo, volvía la vista hacia la maciza puerta que daba entrada a aquella lúgubre estancia, y se sonreía tristemente, como si quisiese decir: «¡Qué necia soy!».

Una mujer aparecida como por encanto, con una copa en la mano llena hasta el borde de un agua color de naranja, se acercó a Beatriz, diciéndole:

—Aquí tenéis el refresco, hija mía.

—Gracias, señora, gracias; dejadlo sobre la mesa que ya lo tomaré cuando tenga sed.

—¡Oh!, nada de eso..., traigo orden de que lo toméis al instante. Es un agua riquísima que ha confeccionado uno de los mejores médicos de Castilla.

—Está bien. Y yo lo agradezco, señora Simeona; pero en este momento no tengo sed, ya os lo he dicho.

—Sin embargo, querida, es necesario hacer un esfuerzo... Vaya, bebed, y veréis como vuelve a vuestras mejillas el color y a vuestros preciosos ojos el brillo y la viveza que antes tenían.

—¿Y para qué quiero yo todo eso?...