—Hasta luego, madre mía.
—Adiós, querido Fernando.
Doña María exclamó llena de gozo, luego que su hijo se hubo marchado:
—¡Lo he salvado! Dadme, Dios mío, vida, para que siempre sea su guarda.
CAPÍTULO X.
En el que se ve la tristeza de doña Beatriz y los motivos que tenía para ello.
Las instrucciones dadas por Aben-Ahlamar a la vetusta Simeona se cumplieron exactamente. La abuela de Piedad trataba a la hermosa Beatriz con las mayores atenciones y cuidados; pero sin dejar por eso, como le dijo el médico por vía de apéndice, de desatender el objeto principal, cosa que hacía temblar sin cesar a la amante del infanzón del rey. Una fiebre lenta pero devoradora iba consumiendo poco a poco a la desgraciada dama de doña María Alfonsa. Sus mejillas, antes sonrosadas y de un color mate precioso, habían perdido enteramente su lozanía; sus amortiguados y desencajados ojos solo se animaban cuando creía estar viendo a su amante; la nariz dilatada y los labios cárdenos y secos marcaban el horroroso estrago que la continua calentura hacía en la infeliz víctima del despiadado conde de Haro.