—Te lo pido, hijo de mis entrañas —repuso la reina viendo que iba ganando terreno—, te lo pido por la memoria de tu padre, por tu querida hija, por todo lo que más ames en este mundo...

—Basta, madre mía, basta.

—¿Te incomodan acaso mis ruegos?

—Lejos de eso, vuestras tiernas súplicas me han conmovido: yo le perdono.

—¡Ah!, ¿qué escucho? —exclamó doña María arrojándose en los brazos del monarca.

—Le perdono —añadió este— a condición de que no se ha de presentar en la corte.

—¡Bendito seas! Dime, ¿y qué punto le señalas para su residencia, hasta tanto que se firmen los contratos?

—Grijota. Decidle al mismo tiempo, como cosa vuestra, que allí me espere. ¿Estáis contenta?

—¡Oh, mucho, mucho! —exclamó la de Molina cogiendo a su hijo las manos con cariño.

El rey correspondió de la misma manera a las pruebas de ternura que su madre le prodigaba, y le dijo, saliendo a poco de la estancia: