—Que eras tan hermoso como clemente y bueno —repuso doña María acariciando a su hijo.
—Y mañana se portará peor por vía de enmienda, ¿no es eso?
—Pues bien; si llegase a cometer otra acción que te disgustare, te doy mi palabra de no interceder más por él. ¿Te acomoda?
—No os canséis, madre mía, me es imposible perdonarle.
—¡Por tu bien, Fernando!
—¡Oh!, por mi bien lo he hecho; por mi bien he castigado a ese infame pariente.
—Ya te he dicho, y te lo repito ahora, que conviene a la dicha y sosiego de tus pueblos que le perdones.
—Lo que conviene, señora, a la dicha y sosiego de mis pueblos es que los libere de la fatal influencia de esos personajes, muy más gravosos para ellos que los mismos extraños y enemigos.
—Pues bien, hazlo por mí; hazlo por mi tranquilidad, por mi bienestar...
—¡Me exigís, madre mía, un sacrificio!...