—Queda de mi cuenta contentar a ese noble joven —repuso la reina adivinando el objeto de las palabras de su hijo—; como asimismo averiguar el paradero de su amante. Nada temas, todo lo arreglaré; todos vivirán contentos, y evito el que se derrame sangre, que es mi más constante deseo.
—Pues bien, mañana os daré la contestación —dijo el rey reflexionando un momento.
—Me conformo; pero ¿y tu tío? ¿No le quieres devolver todos sus honores y títulos en cambio de la paz que te ofrece?
—Jamás.
—¡Ay, hijo mío, no sabes lo que haces! Mira que ahora se puede sofocar esa naciente rebelión, y tal vez sea tarde mañana.
—No importa.
—¡Calla, querido hijo mío, calla por Dios!
—Tal es mi determinación, señora.
—¡Oh! ¡Te aconsejan mal, Fernando, muy mal!
—¿Cómo queréis que al día siguiente de haberle exonerado y declarado traidor, vaya no solamente a perdonarle sino también a devolverle sus títulos y honores? ¿Qué se diría entonces de mí, madre mía?