—De nada sirve la fuerza sin el influjo moral, querido Fernando; y ellos desgraciadamente cuentan con ambas cosas, porque los revoltosos son protegidos, sin duda, por el infierno. Presta un poco de atención a lo que voy a decirte, y haz caso, por Cristo, de los consejos de tu madre, que tiene probado ser más ducha que tú en negocios de gobierno.

—Hablad, señora.

—Conviene mucho a tus intereses que no se efectúe ese malhadado combate que ha de decidir si don Lope es culpable o no del delito que se le imputa.

—¡Madre!...

—Atiende, hijo mío, atiéndeme.

El rey guardó silencio, y doña María continuó de esta manera:

—Bien sabes que el núcleo de todas las conspiraciones y asonadas han sido siempre las poderosas casas de Haro y Lara. Por esa razón te he dicho que conviene no disgustar al conde: difiere, o mejor dicho, no señales el día del combate; déjalo como cosa olvidada, y con eso verá don Lope que hiciste poco caso de la acusación de la desconocida. Y si acaso llega a estallar la tormenta que sobre tu cabeza comienza a rugir, ahí tienes ya en tu favor esa casa tan rica y poderosa.

—¡Señora!, ¿es posible que vos me hagáis tal proposición?...

—¿Y no es primero tu felicidad y la de tus desgraciados pueblos? El conde de Haro es vengativo y estoy segurísimo de que si saliese derrotado en el combate y se llevaran a cabo las leyes del duelo, había de dejar dispuesto algún alzamiento que hiciese vacilar tu débil trono. ¡Olvida, hijo querido, olvida esa acusación! Fija tu vista en el porvenir, y déjame a mí obrar. ¿Te conformas?

—¿Y si don Juan Alonso Carvajal...?