—¡Oh, calla, por Dios, hijo mío! —exclamó doña María mirando a todas partes asustada, y como temiendo que alguien hubiese escuchado las palabras que acababa de proferir el monarca.
—¿Por qué he de callar, señora? —dijo el rey admirado.
—Porque si descontentas a los grandes de tu corte, ahora que tu tío don Juan ofrece la paz a trueque de que le perdones, entonces, Fernando mío, no gozarás ni un solo día de tranquilidad.
—¡Jamás consentiré, señora —repuso el rey inmutado por la cólera—, que vuelva a mi servicio el infante don Juan!
—Escúchame, por Dios...
—¡Oh, no me habléis de ese rebelde, madre mía!
—Ten la lengua, hijo querido, y atiende a tu madre.
—Hablad, señora, hablad.
—Los pueblos, amado hijo mío, están hartos de sufrir con las guerras intestinas que han asolado a esta desgraciada Castilla desde la muerte de tu padre, mi siempre querido y llorado esposo. Los grandes, sin saberse por qué, comienzan a sublevarse y a mostrarse descontentos contigo. De manera que se hace necesario, indispensable, que procures contemporizar con todos y aceptar asimismo todas las condiciones que te propongan, en no menoscabando tus intereses y dignidad real.
—Armas y soldados tengo para combatir y castigar a los descontentos —dijo el rey sin alterarse.