El rey se inmutó al escuchar a su madre. Mejor hubiera querido que le preguntaran por Piedad. Sin embargo, disimuló y repuso:
—Perfectamente bien.
—El embarazo, según me ha dicho mosén Diego de Valera, uno de tus médicos, no puede ser mejor.
—Efectivamente.
—¿Y cómo es, señorito —dijo la reina acariciando al monarca—, que no habéis venido ayer tarde a noticiarme el efecto que produjo en la corte la determinación que habéis tomado acerca del infante, vuestro tío?
—Dispensadme, madre mía; pero me retiré de allí sumamente afectado. ¿No ha llegado a vuestra noticia la escena que tuvo lugar, después de haber anunciado a la grandeza el estado de la reina, y la providencia que me he visto obligado a dictar con ese mal pariente y vasallo?
—Sí, ya sé que una mujer, a quien no debiste dar oídos, denunció al poderoso conde de Haro como raptor de mi querida Beatriz.
—¿A quien no debí dar oídos decís, madre mía?
—Sin duda. ¿No conoces que tal vez sea esa acusación una calumnia levantada por algún enemigo del conde para vengarse de él? ¿Presentó, acaso, la acusadora pruebas?
—No; pero, sea o no cierta la acusación, no quiero que en ningún tiempo se diga que yo me negué a oír a una mujer que demandaba justicia. ¿Y por qué ha de ser una calumnia? —repuso el rey acordándose que era Piedad la acusadora—. ¿Acaso el conde no es capaz?...