—¡Cómo, también condiciones!

—Te avisaré cuando haya oportunidad.

—Está bien; pero que sea pronto, Aben-Ahlamar.

—Quedarás satisfecha de mí.

—Y tú —repuso la amante del rey— de mi manera de recompensar a los que me sirven.

El rey llegó sin contratiempo alguno a la parte del alcázar que habitaba y donde le aguardaba toda la corte, reunida hacía ya rato para saludarlo, según usanza de aquellos tiempos. Recibió don Fernando a los caballeros este día, para él muy venturoso, con la mayor amabilidad y contento. Después que los hubo despedido y que concluyó de despachar con sus ministros la letras y negocios del día, dirigiose a la habitación de su madre la reina Doña María Alfonsa. Hallábase esta señora en la misma estancia donde la vimos y conocimos por primera vez conferenciando con su confesor el anciano abad de San Andrés. Llegose don Fernando a su madre y le dijo, imprimiendo un cariñoso beso en su espaciosa y tersa frente:

—¿Cómo habéis pasado la noche, madre mía?

—Muy bien, querido hijo. ¿Y tú?

—Perfectamente, señora.

—¿Cómo está tu esposa, la hermosa Constanza?