—Dejad escrúpulos a un lado, que nada sabrá.

—¿Me lo aseguras?

—Te lo prometo a fe de quien soy. ¿Quedamos convenidos?

—¡Siempre triunfáis de mí!

—¡Miserable! —dijo Piedad para sí—. ¿A qué hora —repuso—, viene don Lope a visitar a su víctima?

—No la ve desde la víspera de haberle tú acusado.

—¡De veras!... ¡Oh, si se olvidase de ella!...

—¡Olvidarse! No lo creas tú nunca, hija mía —replicó el judío con intención.

—¿Conque mañana puedo ver a la amante de don Juan Alonso Carvajal? —dijo la gitana desentendiéndose completamente de las palabras del nigromántico.

—Es muy pronto, querida.