—Nada temáis, amiga mía, nada absolutamente.
Doña Beatriz acercó sus labios a los de la gitana y estampó en ellos un beso que resonó en toda la estancia. Piedad continuó después:
—A los tres o cuatro días apareció de nuevo el desconocido, con el rostro cubierto como siempre. Yo di un grito de espanto, e incliné la cabeza en la almohada..., estaba desmayada. Simeona pidió a grandes voces favor al verle entrar. Todo era fingido... Cuando volví a mi razón... ¡Oh, qué horror, Dios mío!, ¡¡era ya desgraciada para toda mi vida!!
La nieta de la cómplice del judío Aben-Ahlamar, lloró amarga y desconsoladamente.
CAPÍTULO XII.
Sigue Piedad contando sus cuitas.
—Después de lo que os acabo de referir —continuó Piedad—, tuve una recaída tan terrible, que puso en grave peligro mi existencia. ¡Oh, querida doña Beatriz! ¡Si entonces la muerte hubiese cortado el hilo de mis tristes días, mártir e inocente como era, mi alma habría volado a la mansión de los justos!