Esto diciendo, se arrasaron en lágrimas los ojos de la gitana; quiso hablar, y su voz fue sofocada por los sollozos.
—Sosegaos, mi querida Piedad; una mujer de tan bellos sentimientos como los vuestros, lleva siempre en su corazón el germen de la felicidad más pura e inefable, por muchas que sean sus desgracias.
—¡Oh, ya veréis como la Piedad de ahora no es la misma que estuvo a punto de morir, víctima del amargo pesar que devoraba su alma contemplando su honor torpemente mancillado!...
—¡Infeliz, os han hecho mala! —dijo doña Beatriz con doloroso acento.
—Dios, que sin duda me tenía reservada para nuevas y no menos costosas pruebas, quiso salvarme de mi aguda enfermedad, y en breve me encontré restablecida completamente, contra todas las esperanzas de los que me asistían. Al verme buena, Simeona me dijo un día: «Es necesario, hija mía, que abandonemos cuanto antes Sevilla porque se ha hecho pública tu desgracia y somos señaladas en todas partes: huyamos presto de aquí, Piedad, y marchémonos a otro punto donde tengáis el mismo partido que en este pueblo, antes del fatal suceso que las dos deploramos». Efectivamente, a los pocos días salimos de Sevilla y dimos principio a la vida errante y aventurera que los gitanos tienen. Dos años, poco mas o menos, habían trascurrido cuando, hallándome una tarde en la plaza de Burgos en presencia de un numeroso concurso, se acercó a mí un caballero para que le dijese la buenaventura. Iba perfectamente enterrado en un traje de guerra, pero a pesar de eso conocí en él al infante don Juan, tío de Fernando IV. Le referí lo mucho que padecía con Simeona y ofreció arrancarme de su poder y labrar mi felicidad. Con efecto, aquella misma noche vino el judío Aben-Ahlamar a decirme que tenía orden de llevarme a Castrojeriz, donde a la sazón se hallaba la corte. Añadió, también, que no debía vacilar un momento, ni dejar pasar desapercibida la favorable coyuntura que la suerte me ofrecía. Yo, a decir verdad, deseaba ardientemente perder de vista a Simeona, y deseaba asimismo trocar mi vida por otra mas halagüeña y tranquila. Estos eran, querida doña Beatriz, mis más constantes votos. Así es que cedí a las instancias del judío tan luego como este me aseguró que no solo sería feliz, sino que llegaría a ser rica y poderosa si sabía aprovecharme de la brillante ocasión que mi buena estrella me deparaba. «Huyamos», le dije, «sin que mi abuela se aperciba de nada». Así lo hicimos, llegando a Castrojeriz aquella misma noche. Nos hospedamos en una casa de suntuoso y magnífico aspecto, como que en ella moraban el rey y sus parientes cuando venían a la villa. No os podéis figurar, señora, los deliciosos días que pasaba en palacio y el esmero y respeto con que el físico de Fernando IV me trataba. ¿Qué era aquello? ¿Qué significaban tantas deferencias y atenciones? ¡Oh, todo iba encaminado a captarse la voluntad de la que algún día debía ser la favorita del rey de Castilla! Los trajes y muebles que Aben-Ahlamar puso a mi disposición eran magníficos. Yo no sabía cómo estaba más hermosa, si con la dalmática de pieles blancas o con solo la túnica de terciopelo recamada de oro. Entonces me hice soberbia, y arrebatada por los fantásticos sueños de mi exaltada imaginación, me figuré ser reina, y en mi loco desvarío me propuse desdeñar a todo aquel que no fuese noble y cumplido caballero. ¡Infeliz de mí! ¡Olvidaba por un momento mi vida pasada..., olvidaba que mis padres pertenecían a una raza abyecta y despreciada..., olvidaba que era gitana!
—¡Gitana vos! —exclamó doña Beatriz sorprendida y separándose maquinalmente de la antigua amante del conde de Haro.
—¡Sí, doña Beatriz, soy efectivamente gitana! Pero, ¡ah!, ¿os causo horror por eso?
—No os aflijáis, Piedad: ¿qué culpa tenéis vos? —repuso la de Robledo con dulzura.
Y volviendo a enlazar sus manos con las de la gitana, le dijo:
—Seguid, seguid vuestra interesante historia.