—Cuando llegamos a Castrojeriz —prosiguió la gitana—, se hallaba el rey cazando. Yo deseaba conocerlo porque me habían dicho que era joven y hermoso. Las ventanas de mi aposento, como todas las pertenecientes al departamento en que Aben-Ahlamar vivía, daban al patio principal de palacio; por manera que siempre que percibía algún ruido corría a asomarme por entre las celosías para ver si era el rey. Pronto tuve ocasión de satisfacer mi curiosidad de todo punto. Don Fernando vino del campo y se apeó en el patio, muy cerca del sitio en que yo me hallaba. ¡Oh, qué hermoso me pareció! ¡Cuánto hubiera dado en aquel momento porque él me viese! ¿Lo creeréis? ¡Más de una vez, allí mismo, deseé ser amada de don Fernando! Así que el rey subió a sus habitaciones, me dirigí a la de Aben-Ahlamar y, recostándome en una banqueta que este allí tenía, dejé correr mi imaginación en alas de sus plácidas ilusiones. El judío no me habló ni una palabra: estaba trabajando con sus redomas y libracos. A poco de estar yo allí presentose el infante don Juan y habló con Juffep en árabe. No sé de qué tratarían; pero tan luego como se marchó el ministro del rey, derramó el judío en el horno una gota de un líquido que a la sazón confeccionaba. Al instante toda la habitación se llenó de un humo tan denso que impedía respirar. «¿Qué es esto, Aben-Ahlamar?», díjele asustada. «Perdona», me contestó, «se ha derramado en el fuego un poco del agua que contiene este frasco...». «¡Me ahogo, aire, aire, por Dios!», exclamé casi asfixiada. El nigromántico abrió una ventana frontera al lugar que yo ocupaba, y descorrió la celosía. Me había quedado medio aletargada. Cuando abrí los ojos se había disipado completamente el humo y la ventana estaba cerrada. Aben-Ahlamar se acercó a mí, diciéndome con interés: «¿Te has aliviado?». «Sí, gracias al aire...». «Pues en ese caso», repuso interrumpiéndome, «toma el laúd y cántame una cosa bonita, sentimental». Yo obededecí maquinalmente. Pulsé el laúd y canté un romance que era mi predilecto, porque su asunto triste y patético estaba en perfecta armonía con mis anteriores desventuras. Nunca lo hice mejor. Noté que los ojos de Aben-Ahlamar brillaban de alegría. Al día siguiente, muy de mañana, entró el judío en mi cuarto y me dijo: «El rey, querida mía, ha quedado prendado de tu hermosura y de tu voz. Anoche, cuando abrí la ventana para que se ventilase la habitación donde nos hallábamos, te vio su alteza. Hoy ha manifestado deseos de hablarte, ¿quieres recibirlo?». «Sí», contesté, sin poder ocultar mi satisfacción.

Piedad llevose las manos a su alterado rostro, y exclamó vertiendo abundantes lágrimas:

—¡Dejad, doña Beatriz, que llore, dejad que desahogue un poco mi corazón antes de referiros mis nuevos infortunios!...

Un poco más tranquila la gitana, continuó su historia de esta suerte:

—Aquel mismo día, señora, vino a verme don Fernando; y aquel mismo día fui ya la favorita del joven rey de Castilla... Un instante llegué a creer que lo amaba; pero nunca sucedió así, ¡sin duda para que fuese yo más culpable!...

—Y él, ¿os amaba? —preguntó Beatriz.

—¡Oh!, sí, él me amaba frenéticamente: jamás se separaba de mi lado, y dejaba que gobernasen el reino por un lado su tío y el conde de Lara, y por otro la reina doña María Alfonsa. ¿Qué le importaban a él los negocios políticos, poseyendo el amor de su Piedad? A pesar de mi poca inclinación al rey, hubiera sentido en el alma dejar de ser su favorita..., por eso le prodigaba mentidas caricias..., por eso... ¡Oh, qué horror! ¿No es verdad, doña Beatriz, no es verdad que soy mala por instinto? Si yo fuese la Piedad de Sevilla, aunque deshonrada, ¿no merecería vuestra amistad? Hoy, señora, solo merezco vuestro desprecio.

—Calmaos, Piedad, calmaos —repuso doña Beatriz conmovida—. Sois en extremo desgraciada, esto me basta para estimaros.

—¡Bendita seáis! —exclamó Piedad—. ¡No sabéis cuán dulce consuelo llevan vuestras palabras a mi afligida alma! Obedeciendo a los impulsos de vuestro compasivo corazón, procuráis dulcificar mis penas, en vez de echarme en cara mis gravísimas faltas. ¡Oh, el cielo os pague el bien que me hacéis! Ahora vais a conocer la época más feliz y al mismo tiempo la más azarosa de toda mi vida. Tres meses escasos fui la dama del joven rey Fernando. Al cabo de este tiempo contrajo matrimonio mi regio amante con la hija de los reyes de Portugal. En las fiestas que se hicieron en la corte con motivo del enlace, conocí a un joven bello y arrogante que llamaba la atención de todos. Las mujeres de más alta alcurnia le daban en público claras pruebas de predilección y afecto. Los hombres todos le trataban como al primogénito de los poderosos condes de Haro. Era don Lope, señora, que lo enviaba sin duda el infierno para que yo acabase de completar mi carrera de placeres y prostitución. No acierto a explicar lo que sentí en mi alma cuando le vi por primera vez. En aquel mismo instante aborrecí al rey, porque el futuro conde de Haro, sin saberlo, y sin poderlo yo evitar, se hizo dueño absoluto de mi corazón y de mi cariño... Tuvo ocasión de tratarme a poco tiempo de esto: hablome de amor, de felicidad, de todo aquello que debía avivar más y más la frenética pasión que había llegado a inspirarme. En una palabra, exigió de mí y consiguió fácilmente que abandonara al rey y que huyese con él... Imaginaos, señora, mi aflicción cuando supe que el hombre que amaba tan ciegamente era el mismo a quien Simeona vendió mi honra y mi porvenir. Bien pronto mis amargos recuerdos se disiparon con la dulce idea de que iba a ser madre. Sí, señora, el cielo me dio un hijo, y mi felicidad no tuvo limites. Viví con el conde en buena armonía hasta que os conoció. Todos los días me renovaba el juramento de que, tan luego como muriese su padre, sería su esposa; y cuando elogiaba lo sublime de su abnegación y le recordaba mi humilde nacimiento, contestábame con estas palabras: «¡Oh!, no importa, eres la madre de mi hijo». Hasta aquí, dulce amiga mía, la parte feliz de esta época de mi vida, hasta aquí la dicha y los placeres. ¿Y cómo no ser así estando cerca del objeto amado, oyendo continuamente su voz y recibiendo sus tiernas caricias? ¡Ah, qué tiempos, qué tiempos tan ricos de ventura! Por muerte de don Diego de Haro, ocurrida en el sitio de Algeciras, se acercaba el momento de que yo, la pobre aventurera de Sevilla, la hija de la desgracia, llevase con don Lope los títulos que de su padre heredara. ¡Infame! Así que se vio dueño absoluto de todo, me despidió de su casa ignominiosamente, insultándome de la manera más cruel e inhumana. Decíase que había heredado con los bienes de su padre, la maldad y villanía de este. ¡Oh, señora, cuál fue mi dolor al ver tal ingratitud; cuál mi desesperación encontrándome sola, desvalida y sin el hijo de mis entrañas que el infame conde arrancó de mis brazos para que no tuviese el consuelo de llorar con él mi desventura! ¡Cuánto sufrí, Dios mío! En todo esto veía yo, querida doña Beatriz, la justa expiación de mi conducta con el rey. No sabiendo qué hacer ni qué partido tomar en tal conflicto, me encaminé a Burgos desde Valladolid, donde hasta entonces el conde me había tenido oculta con su hijo, en busca del judío Aben-Ahlamar. Entonces supe por este la causa del súbito aborrecimiento del conde hacia mí. Entonces supe que una joven tan pura como hermosa, gala de la corte de doña María Alfonsa, tenía loco de amor a mi cruel amante. Erais vos, señora; vos, que sin saberlo y sin querer a don Lope, labrabais la desgracia de esta pobre mujer, que en su dolor juró vengarse de vos, como si fueseis culpable. ¿Por qué os vio el conde, señora? ¿Por qué sois tan hermosa? Vacilé un momento en dar crédito a la narración del judío, y solo vi en ella una fábula ingeniosamente urdida para hacerme olvidar al conde, que era su principal conato. Pero tuve que convencerme de tan triste verdad luego que llegó a mi noticia vuestro rapto, y que vi un día al conde penetrar en este calabozo, donde Aben-Ahlamar me dijo que os tenía sepultada. ¡Oh!, entonces juré vengarme de vos porque con vuestra sin par belleza habíais hechizado al conde; y de él por infame y perjuro... ¿Pero cómo hacerlo, señora, si vos erais inocente y a él lo amaba tanto?... Sin embargo, era mujer, estaba celosa y había sido herida de muerte. Yo necesitaba saciar mi venganza para tranquilizarme. Del conde me vengué presentándome encubierta en la corte y acusándole de raptor vuestro. De vos iba a hacerlo cuando entré aquí..., pero me desarmó vuestra hermosura y candidez. Mirad —dijo Piedad sacando un pequeño pero agudo puñal—, este acero lo traía para enterrarlo en vuestro pecho.

—Y decidme —repuso doña Beatriz, sin oír las últimas palabras de la gitana—, ¿quién sostuvo vuestra demanda?