—El caballero de Carvajal, que se halló presente.

—¡Don Juan!

—El mismo.

—¡Oh, referídmelo todo, señora!

Aquí Piedad contó a la de Robledo, sin omitir nada absolutamente, la escena que ya conoce el lector. Después añadió con alegría y medio trastornada:

—¿Qué os parece, señora? ¡Oh!, ya me vengué de ese perjuro; pero ¡qué venganza! ¡Cuánto sufriría viéndose acusado, a presencia del rey y de toda la corte, de una acción tan fea e inicua como la de vuestro rapto! ¡Cuánto debió padecer, luego que el mismo monarca autorizó el reto provocado por vuestro valeroso amante! ¡Necio —repuso la gitana casi fuera de sí—; tiembla por haber ultrajado a la mujer que tanto te amaba! ¡Tiembla por haberte complacido en desgarrar este corazón que era feliz con tu amor! ¡Venganza, doña Beatriz, venganza, aunque yo tenga que morir de dolor!

Doña Beatriz se separó horrorizada de Piedad. Esta dijo algo más tranquila:

—¡Ah!, señora, no me hagáis caso, el dolor me trastorna el juicio, el dolor solamente me hace hablar así. ¡Qué ratos tan amargos he pasado después de acusar al conde! ¡Cuántos remordimientos y funestas imaginaciones me han asaltado! Figurábame a veces que el hijo de mis entrañas, después de muerto en el combate el conde, vino a pedirme cuenta del que le había dado el ser... ¡Ah, vino a decirme que era yo el asesino de su padre!... ¡Piedad, piedad, Dios mío!

—Sosegaos, querida, sosegaos y tened confianza en Dios, que todo lo puede; tranquilizaos y esperad, que tal vez don Lope conozca su yerro y dé cumplimiento a sus promesas.

—Consoladoras son en verdad vuestras palabras, doña Beatriz; pero he ofendido bastante a la majestad divina para que pueda lisonjearme con la risueña perspectiva de una vida sosegada y feliz que ciertamente no merezco.